Las semanas que estamos viviendo a causa del Coronavirus están siendo algunas de las más intensas que nos vaya a tocar vivir en toda nuestra vida, personal y profesional. Las tragedias personales para quienes pierden a personas cercanas; el drama de vivir con miedo al contagio por no contar con suficientes medios de protección; la intensidad de trabajo para poder estar casi 24×7 totalmente alertas ante la crisis; el esfuerzo, solidaridad y compromiso mucho más allá de lo imaginado por parte de la mayoría…

Pero hoy me gustaría hablar de otra cosa que con esta crisis se hace muy presente y que desgraciadamente se va a hacer mucho más presente en los próximos meses en España: la pobreza. Y cómo miramos a la pobreza las personas que tenemos la suerte de no vivir en ella. Estos días en Grupo 5 estamos recibiendo llamadas de muchas administraciones públicas pidiéndonos ayuda para montar en tiempo récord dispositivos de emergencia social que den servicio a personas en situación de exclusión, que viven en la calle y que además de sus problemas habituales, de por sí inimaginados para la mayoría de nosotros, tienen que cumplir con el confinamiento al que nos obliga a todos los ciudadanos el Estado de Alarma decretado por el Gobierno. Unas personas que son de las que más van a sufrir en esta crisis y que en su gran mayoría se englobarían en lo que a nivel muy poco técnico llamaríamos «ser pobres».

«Ser pobre», ser una persona con recursos que difícilmente le llegan para un nivel mínimo de vida digna, es algo que entendemos mal la mayoría de nosotros. Cuando vemos a personas que viven en la calle muchas veces nos preguntamos por qué muchos de ellos toman decisiones que a menudo nos parecen irracionales: por qué algunos siguen comprando alcohol, juegan a juegos de azar o fuman compulsivamente. Por qué no ahorran y prefieren gastar lo poco que tienen en esas cosas aparentemente superfluas y no en garantizar algo de seguridad para su futuro. Este pasado febrero, antes de que explotara la crisis en la que estamos viviendo, empecé a leer un libro recomendable que discute sobre este tema: Escasez. ¿Por qué tener poco significa tanto? De Sendhil Mullainathan y Eldar Shafir.

La respuesta de este libro a estas paradojas es que las personas tenemos un «ancho de banda» limitado a la hora de procesar información y tomar decisiones. Podemos atender a unas pocas cosas a la vez; llegado un determinado nivel de actividad y problemas a los que nos enfrentamos, no damos más de sí. Este «ancho de banda» disponible no depende de la inteligencia o del talento de cada uno sino que depende fundamentalmente del contexto. Alguien sin preocupaciones inmediatas puede procesar una cantidad de información mucho más grande que alguien que tiene que ocuparse de poco más que sobrevivir. Cuando alguien se enfrenta a una situación de escasez inmediata, casi toda su capacidad cognitiva se concentra en responder a ese riesgo inmediato y deja de lado cualquier otro problema a afrontar. No hace planes porque su cerebro no le deja pensar en nada más. Es una respuesta primaria similar a la del cazador-recolector obsesionado por su necesidad de supervivencia. Y lo es hasta el punto de que reduce su capacidad de razonamiento medible y verificable. Según el libro el cociente intelectual baja quince puntos solo por estar sufriendo ese estrés, el equivalente a tener que tomar decisiones después de estar una noche entera sin dormir.

Vivir en la pobreza, el día a día de no saber cómo vas a pagar el alquiler, no saber qué vas a hacer con tus hijos, o incluso de no saber dónde vas a dormir esa noche, tiene que ser algo increíblemente duro, imposible de imaginar para quienes hemos tenido la suerte de no haber pasado por ella. Porque va más allá de la escasez material, de vivir en condiciones poco dignas, comer mal o no poder darte un capricho por pequeño que sea. Es vivir con miedo, angustia y temor constante, casi siempre además en solitario, con la indiferencia de una sociedad que hace a los más vulnerables invisibles.

La sociedad española va directa a un tiempo en el que esta experiencia de la pobreza la va a sufrir un número muy grande de personas como consecuencia del desplome de la economía que ya se ha empezado a notar. Una experiencia que para muchas de ellas será algo totalmente nuevo y desconocido. Y para lo que me temo que no estamos preparados, ni a nivel económico, ni político, ni de estructura de la administración pública, ni de potencia de las empresas o de las organizaciones del tercer sector; ni tampoco a nivel psicológico. «Ser pobre» en la época tras el coronavirus va a ser (todavía más) una tragedia.